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Sobre la magia y el solsticio de invierno

  • Gus Arrieta
  • 13 mar
  • 20 Min. de lectura

Por Gus Arrieta


Al publicar el anterior ensayo, los comentarios al respecto desencadenaron en mi una deliberación acerca de “La Verdad” muy profunda y extensa. Dicha meditación comenzó a asentarse en la punta de mi pluma, cuajando en un nuevo ensayo que prometía un filosofe exquisito, pero mi iniciativa se vió interrumpida, o mejor dicho redirigida, al descubrir en el camino algo que no buscaba. Y como últimamente he aprendido a confiar más en el Dao, decidí excavar el tesoro sorpresa a medio camino antes de seguir hacia la equis del mapa.


Originalmente comencé planteando los argumentos de la naturaleza virtuosa de La Verdad por sobre La Falsedad, como de costumbre tomando como base mi propia experiencia de vida. Con satisfactoria coherencia fui encontrando un caso tras otro que validaba mi hipótesis sobre la superior utilidad, tranquilidad, fluidez y eventual felicidad que uno adquiere a través de palabras, acciones y pensamientos sinceros. En eso me topé con una “mentira” particular en mi vida que a final de cuentas me trajo mucha más felicidad que sufrimiento: la dulce historia de Santa Claus o Los Reyes viniendo cada temporada navideña a mi casa a dejar regalos. Por mucho que traté de flanquear aquella contradicción condenando la cuestión por ser un acto consumista y comercial o una conspiración religioso-corporativa, el hecho es que negar lo hermosa que fue para mi la duración de esa mentira y lo alto que vibraba en ella, sería una entera falsedad. ¿Y cómo iba yo a mentir en defensa de La Verdad?. Tanto deliberé en cómo brincar esa pared, que terminé volviéndola una puerta, y como Lucy Pevensie la atravesé encontrando un vasto escenario invernal. El ensayo que pretendía escribir sobre La naturaleza de la Verdad no irá a ningún lado mientras exploramos ésta tierra Narniezca, desentrañando el misterio de lo que hace sentirse distinta a esta aparente "mentira".


Comencemos dejando algo bien claro: a mi me mama la Navidad. Sé que hay muchos a los que les parece odiosa, tediosa, aburrida o perversa. No es mi caso. Siempre he amado esta temporada y aquello sigue sin cambiar. Me encanta decorar mi casa, poner el árbol, consumir música y películas navideñas, dar y recibir regalos, la comida de temporada, el frío exterior con el hogar cálido y la familia reuniéndose. Ya sé que sueno a un maldito habitante de Who-Ville pero al demonio, es cierto. No obstante, me queda claro que no son esas actividades y características en sí mismas las que me atraen, pues fuera de temporada a algunas de ellas incluso las aborrezco. El ingrediente secreto es sutil, es algo raro fuera de lo material, que endulza la experiencia del día a día en épocas navideñas. Algo que cuando era niño con absoluta certeza llamaba magia, pero al crecer se volvió difuso y evasivo. Por tanto, para descifrar el origen de este sentimiento invernal no queda de otra que hacerle como Ebenizer Scrooge en camisón, y regresar a las navidades de mi infancia, donde el temporal sobrenatural era casi palpable.



En mi primera navidad aprovecharon mi rechoncha complexión para vestirme de Santa Claus. Mis primeros recuerdos navideños son en casa de mi abuela Tere, usando un mameluco de Tigger con pantuflas a juego, acompañado de mi hermanito, que recién iba descubriendo que era un bípedo, vistiendo uno similar de perro dálmata. Ambos atuendos fueron unos de nuestros primeros regalos de las fiestas. Ya con más claridad tengo en mi mente la experiencia de adornar el árbol de mi casa con mi familia oyendo villancicos y de ver los especiales navideños de mis idolatradas caricaturas noventeras. También recuerdo con inmenso cariño y nostalgia las posadas y cenas de Nochebuena que organizaban mis abuelos en su casa en Coyoacán. Recuerdo la piñata, las luces de bengala, los gritos y corretizas descalzos con mis primos, la cena de romeritos y las mañanitas a La Yaya que cumplía años a la vez que Cristo. Luego venían los regalitos de la familia y su apertura, que detonaba más juegos con los primos. Era la única ocasión en el año en que los chamacos obedecíamos dócilmente la orden de parar el desmadre para volver cada quién a su casa, pues ahí nos esperaba el pino bajo el que dejábamos nuestro zapatito para luego apresurarnos a entrar en la cama y permitir que viniera el barbudo vestido de rojo. Pensar en todo eso me pone la piel chinita de emoción, pero el revivir la mañana me da ganas de llorar: Jorgito me despertaba, o yo a él, para bajar como zaetas empijamadas las escaleras y descubrir que Santa había pasado por ahí. Los regalos debajo del calzado soltero, las galletas mordidas y la leche a medio tomar. A veces nos dejaba notas o “polvo mágico” a su paso. Ahora que revisito esas memorias, me queda muy claro que el éxtasis de la mañana de Navidad jamás provino de los regalos por sí solos, la mayoría ya ni los recuerdo. Lo que tengo bien fresquito en el corazón es la sensación indescriptible de descubrir que algo totalmente místico había visitado mi casa mientras dormía dulcemente. Ése era el clímax. Luego íbamos al departamento de mis bisabuelos (alias Los Yayos) a ver de nuevo a la familia, presumir y jugar con nuestros nuevos juguetes y comer juntos. Hasta el Día de Reyes gozábamos una temporada de ensueño… de la que despertábamos con el balde de agua fría de un lunes regresando a clases.


De esa manera celebré 9 maravillosos inviernos, hasta que un fatídico día en el salón de clases, una amiga con la boca floja, iba por ahí diciéndole a todo mundo que Santa Claus no existía y que eran los papás detrás de todo. No era la primera vez que algún mocoso pesado soltaba tal tontería, así que no le di la menor importancia. Cuando mi mamá nos recogió a mi hermano y a mí de la escuela, les conté de aquella pobre cabeza-hueca que creía que Santa era un fraude. Mi mamá y yo reímos de la pobrecita que vivía en la ignorancia, y continuamos el camino en silencio. Pero mi hermano se quedó pensando sentadito en el asiento de atrás, y volvió a abordar a mi mamá sobre el asunto una y otra vez, presionando con preguntas como: -…pero si existe, ¿verdad mamá?, tú jamás nos mentirías… ¿o si?-. Por más que mi pobre madre quiso evadir o cambiar el tema, Curious George no lo soltó hasta que logró la respuesta que no quería oír. Por supuesto en aquel instante yo estaba perplejo, triste y decepcionado, pero el que realmente estaba destrozado era mi hermano. Y pasa algo raro cuando eres el hermano mayor: en momentos de crisis instintivamente tomas una actitud paternal y tratas de evitar que el pequeño se hunda antes de preocuparte por tu propio desastre. Así que juntos mi mamá y yo tratamos de consolar en vano al pobre Jorgito de 8 años, hasta que al llegar la Navidad de ese año supimos que habíamos perdido la batalla. Fue en ese momento que realmente me enfrenté a mis propios demonios desencadenados por aquella revelación infame que me tocó de rebote. Y era algo abominable, pues caí en la cuenta que la cuestión en juego no era solo dejar de creer en Santa, Los Reyes, El Ratón de los Dientes y El Conejo de Pascua (que como sabes, vienen en paquete), eso era una pérdida consecuente del verdadero problema: la amenaza de dejar de creer en la magia para siempre. Uno de los pilares que reafirmaban mi inocencia y mi creencia en lo imposible era la certeza en la existencia en el mundo de esos seres sobrenaturales y sus hazañas fantásticas.


Por obra indiscutible de la Sincronicidad Jungiana, aquella turbulenta navidad del año 2004 llegó El Expreso Polar al cine en flamante 3D. Esa película fue para mi hermano y para mí una encrucijada decisiva, pues justamente plantea el conflicto de un niño que está dejando de creer en Santa Claus, y al que por tanto se le presenta la elección de abandonar su fe en la magia navideña o renovarla conscientemente. Para Jorgito fue una tallada de zacate en la herida fresca, y de haber sido un personaje de la película, le habría escupido en la cara al Tom Hanks computarizado en el momento que éste le invitara a abordar el tren. Pero en mi caso, quizás para no perder la cabeza, decidí ser de los que aceptaban subirse. Me prometí a mí mismo en ese momento buscar a toda costa la manera de seguir creyendo en Santa y la magia a pesar de todo. Esto jamás se lo conté a nadie y el motivo es claro: temblaba de miedo de que al enterarse de mi empresa, el brutal escepticismo gris que ahora buscaba apoderarse del mundo, arrancara el último pelito que sostenía mi aceptación de lo milagroso.



Esa intención que sembré en aquel invierno se manifestó resilentemente en diversas formas a lo largo de los años. Al principio fue vulgar negación, diciéndome una y otra vez: “-Santa existe, sólo que aún no entiendes cómo…-. Esto dio pie a una posterior investigación y desarrollo de teorías que demostraran su existencia. Como imaginarán, a través de semejantes medios jamás logré restaurar el sentimiento navideño de mis primeros años, pero extrañamente, la intención de recuperar la magia, la mantenía conmigo de alguna manera. La sensación de percibirla como algo perdido, fue sustituida gradualmente por sentirla como algo extraviado; como unas llaves que no recuerdas dónde pusiste, pero sabes que andan por ahí, y que ya te las toparás tarde o temprano.


Mi último intento de creer de nuevo en El Padre de la Navidad lo llevé a cabo en mi adolescencia, pues con las abrumadoras dudas que acompañan la pubertad, al llegar la temporada sentí tan débil la magia que la temí a punto de escaparseme definitivamente. Aquí es donde se pone interesante. Recé a Dios, al universo, a Santa Claus o a quien escuchara por una señal: Un regalo de Navidad. Simplemente pedí un objeto que apareciera en mi árbol el día 25, algo que nadie me hubiera dado; cosa que yo distinguiría fácilmente, pues ya llevaba varias navidades escogiendo yo mismo mi presente. Llegado el día busqué meticulosamente bajo el árbol cualquier cosa fuera de lo ordinario, no encontrando más que el regalo esperado de mis padres. Transcurrió el día y traté de ocultar mi decepción y melancolía lo mejor posible. Entonces, como Cindy Lu, cuando estaba por acostarme, bajé por un vaso de agua en la agonizante Navidad, y al pasar junto a la chimenea noté las botitas navideñas colgadas, las cuales jamás en la vida habían sido usadas para poner regalos, sino meramente como decoración. Por algún motivo metí la mano en la mía. Todavía siento el nudo en el estómago y la falta de aire de ese momento. En el fondo encontré algo. Al sacar el misterioso objeto descubrí que era un viejísimo Tazo de Dragon Ball Z, mi programa favorito de la infancia. Revisé las botas de mis padres y mi hermano. Esas estaban vacías. Mi reacción inicial fue de pura alegría y esperanza, pero en seguida llegaron con más fuerza dudas. Me debatí por un rato entre tomar aquel acontecimiento como el milagro que invoqué o como una coincidencia, pensando que quizás Jorge o yo habíamos escondido ahí el Tazo años atrás y luego nos olvidamos. Ésa parecía la versión razonable, pero la otra se sentía mucho mejor. Entonces me di cuenta de la naturaleza de los milagros. –No tienen nada de espectacular.- me dije sombrío. –Son sólo hechos, como todo en la historia de la existencia. Solo que a algunas cosas se opta por llamarlas milagros y a otras no. –O quizás…- dijo otra parte de mi que llevaba tiempo callada. Esa que no quise dejar morir en mi décima navidad. –Quizás todo es un milagro y simplemente decidimos sacar de la categoría a la mayoría de las cosas, por criterios que después de todo nosotros inventamos.-. Vaya. De nuevo todo se redujo a una decisión. ¿Me subo al Expreso Polar o no?. Si vemos bajo semejante lente al mundo, todo se vuelve posible, y si no casi todo se vuelve imposible. –Well, are you coming or not?- resuena la voz nasal de Tom Hanks. –Pues chingue su madre me subo-. Contesto.



Ese día recuperé el famosísimo “espíritu navideño" al aceptar lo que sentía sin tratar de buscarle explicaciones. Pero ¿por qué existe este “espíritu” en primer lugar?. Actualmente ya muchos lo descalificamos como producto de un slogan de Coca-Cola o una excusa para comprar regalos, con la desconfianza patológica que la sociedad ha cultivado en nosotros como primer instinto. Pero es indiscutible su existencia, puesto que fuera del materialismo de la Navidad, lo experimentamos millones de personas de todas las religiones, creencias y procedencias a través del hemisferio norte en la misma temporada. La respuesta es fascinante y constituye la segunda parte de este ensayo. Ahí les va.


El origen olvidado de las celebraciones de invierno


Comencemos soltando el bombazo de que las celebraciones de invierno anteceden por muchísimo al Nacimiento de Jesús. Al menos desde el periodo paleolítico los seres humanos han estado honrando estas fechas con ceremonias y festejos de gran trascendencia. La Navidad, el Hannukah, el Kwanza, el año nuevo chino, el Patquetzaliztli mexica y el Yule nórdico, entre otras tradiciones, se celebran virtualmente en las mismas fechas y todas se basan en algún milagro que se honra con la reunión de familiares y amigos, banquetes, la luz, la redención, la generosidad, y si, el intercambio de regalos. La razón: El Solsticio de Invierno.


Inicialmente tiene sentido. Un fenómeno astrológico que acontece el mismo día en todo el norte del planeta es una perfecta explicación a tal coincidencia de pachanga entre tan diversos pueblos. ¿Pero cómo se explica que el sentido de la fiesta sea en esencia el mismo en todo el mundo?. ¿Es acaso consecuencia de la mercadotecnia navideña?, ¿o quizás de la imposición católica?. Pues no. Más bien la iglesia sincretizó estas festividades existentes, vistiéndolas de su iconografía.


Stonehenge y Newgrange en el Reino Unido fueron construídos hace miles de años por motivo del Solsticio de Invierno. Los antiguos egipcios celebraban en esas fechas el nacimiento de Horus. Los Persas celebraban el 25 de diciembre el nacimiento de Mitra, fiesta del dios del Sol que adoptaron los romanos en sus Festividades Saturninas como el Sol Invictus, el Sol triunfante. La iglesia Católica Romana vinculó el nacimiento del astro de luz con el de Jesús. Antes de molestarse por este “teléfono descompuesto” histórico, tengamos en cuenta que la sabiduría antigua es algo que siempre ha estado presente. El tema es que al alejarnos de la naturaleza y sumergirnos en los conceptos secos, se ha malinterpretado muchísima información por tomarla literalmente y no como lo que realmente es: símbolos para planteamientos profundos sobre la condición de la naturaleza en relación con el ser humano.


Solsticio significa literalmente "Sol Quieto". Es el momento del año en que el acortamiento de los días llega a su punto máximo, el sol permanece inmóvil un tiempo, para luego moverse de nuevo y dar paso al alargamiento progresivo de las horas de luz hasta el Solsticio de Verano. Este fantástico evento tiene un impacto directo en el planeta, rigiendo las estaciones y por tanto, los ciclos de la naturaleza. El envejecimiento del Sol durante su travesía entre Cáncer y Capricornio trae una temporada cada vez más fría, de escasez y oscuridad. La vida se vuelve más difícil como anuncio de que está por volverse más fácil de manera creciente. La oscuridad agobiante en el mundo es vencida por el nacimiento de la luz. La congruencia con la religión y mitología es evidente. Jesús nace y trae luz a un mundo ensombrecido por el pecado. Huitzilopochtli el dios solar, nace para vencer a sus hermanas la Luna y las Estrellas. Amatertasu sale por fin de la sombría cueva en que se autoexilió para volver a alumbrar el mundo. El Sol Invictus literalmente habla del Sol imponiéndose como vencedor ante las tinieblas.


De esta manera queda claro lo que celebran estas fechas: El Nacimiento y la vida. Pero más allá de eso, la luz, la abundancia y la vitalidad que sobrevienen a la oscuridad, la carencia y la muerte. En una palabra: El renacimiento. No es de extrañarse que durante esas fechas se celebraran también la resurrección del Osiris egipcio y la del Dionisio griego, por mencionar algunas tradiciones.


–Órale Gus, está muy bonito eso y todo, ¿pero qué demonios tiene que ver el renacimiento del Sol con portarse bien, la familia y dar regalos?-. Se estarán preguntando. ¡Pues Todo!. Verán, la relación es muy clara con el enfoque de los sabios de la antigüedad. Recordemos el segundo precepto del padre de la Alquimia Hermes Trismegisto: “Lo que está abajo es como lo que está arriba, y lo que está arriba es como lo que está abajo. Actúan para cumplir los prodigios del Uno”. Ésto se refiere a un paralelismo, una especie de efecto espejo, entre lo que acontece en los astros y en la tierra, en el plano espiritual y el material, en nuestro interior y el exterior. Una relación que unifica la existencia. Entendamos que las culturas antiguas adoraban a la naturaleza, pero no como ídolos, sino a manera de apreciación agradecida e imparcial de la realidad a la cual pertenecemos. De esta forma se puede encontrar guía del propósito de nuestra vida al observar a la naturaleza, pues somos parte de ella, seguimos el mismo camino y es un reflejo nuestro. Así el viaje del Sol a lo largo del año es el mismo que hace cada criatura en la tierra a lo largo de su vida. La luz y calor del Sol es más preciada que nunca durante el invierno, pues es una fuerza que nos regala vida y abundancia. Y cuando la cosa se pone oscura y parecemos no tener nada, renace para dárnoslo todo. De igual manera replicamos esta generosidad Solar en el punto más sombrío, renaciendo y permitiendo a la luz en nuestro interior brillar a través de nosotros. No es coincidencia que la Navidad traiga consigo desgracia y depresión. Pero la misma luz que nos dio la vida y a toda la tierra, ahora la compartimos nosotros para calentar al mundo en su etapa más fría, y sumar nuestro brillo al del Sol cuando vuelva a nacer. Por eso la importancia de la generosidad y la compasión en ésta época, por eso la necesidad de reunirnos a compartir. Pues millones de velas prendidas mantienen al mundo vivo en el invierno.



La Navidad que hoy celebramos viene de agradecer el misterio de esa luz brillando con ella, y los rituales con que la festejamos tienen ese significado profundo aunque lo hayamos olvidado. En las Fiestas Saturninas los romanos prendían velas y metían pinos a su casa como promesa de la nueva luz y vida, para luego dar regalos a los niños. Los mayas de igual manera tapizaban el piso de su hogar con plantas y encendían brazas fuera de ellas durante el Solsticio, preparando tamales y compartiéndolos con los que menos tenían en honor a Kinich Ahau. Tradiciones similares aparecen una y otra vez a través del espacio-tiempo humano. De hecho, el origen del concepto de Santa Claus es también global y muy antiguo. Es aquí donde las investigaciones para explicar su existencia que hice de niño rinden frutos.


La figura de Papá Noél que conocemos hoy la identificamos primero con San Nicolás de Mira, un obispo griego del siglo IV conocido por su generosidad al repartir los bienes que poseía entre los pobres, sus labores para ayudar a niños necesitados y su sigilosa entrega nocturna de bolsas de oro a las tres hijas de un hombre humilde, que por falta de dinero estaban por verse obligadas a prostituirse. La fiesta de San Nicolás es una tradición que se celebra entre el 5 y el 6 de diciembre en diversas partes de Europa. En Los Países Bajos se tenía la tradición de que las familias humildes llevaran sus zapatos a la iglesia, para llenarlos con monedas en la repartición de dádivas. Ésto derivó en que los niños dejaran su zapato para marcar el lugar de su regalo. En Amsterdam, San Nick viene en un barco de vapor desde Alicante a entregar regalos a los niños en su fiesta, donde se le conoce como Sinterklaas. Inmigrantes de ésta ciudad importaron el personaje a Estados Unidos, agringando su nombre y transformándolo en Santa Claus. Dado que en América no se celebraba de esa forma a San Nicolás, se pasó la tradición de los regalos para los niños a la mañana de Navidad.


A pesar de la leyenda popular, los colores blanco y rojo no los impuso Coca-Cola, simplemente los aprovechó por coincidir con su marca, pues este santo ya era representado en esos tonos. La imagen concreta que identificamos hoy de Santa viene del poema de Clement Clarke Moore “A visit from St. Nicholas”, mejor conocido como “ ‘Twas The Night Before Christmas”, publicado en Nueva York en 1823. Ahí se establecen elementos icónicos del personaje como el trineo volador tirado por 8 renos. La imagen actual de Santa fue tomada de las ilustraciones del caricaturista alemán Thomas Nast.


Al igual que la Navidad, la concepción de Santa Claus no es únicamente cristiana. Una de las influencias más claras vienen de la tradición pagana invernal del Yule. En ella Odín, el padre de los dioses nórdicos, conocido entre otras cosas por ser dador de vida y de regalos, cruzaba el cielo en su caballo de 8 patas (como Santa con sus 8 renos) liderando la Cacería Salvaje que celebraba el resurgimiento del Sol. Los niños dejaban en sus botas heno para alimentar al caballo, y leche para los gatos de la diosa Freyja, lo que agradecían las deidades con regalos. La imagen también pudo venir de el culto a Thor, quien surcaba el cielo en una carroza de la que tiraban sus dos cabras voladoras. Una antigua leyenda del Yule, registrada en la Edda Prosaica, cuenta que en una fría noche de invierno, Thor paró a descansar en la humilde casa de unos granjeros, que honrados lo recibieron ofreciéndole lo poco que tenían para comer. El dios del trueno entonces sacrificó a sus cabras compañeras y con eso hicieron un festín familiar. Al terminar la cena Thor resucitó a las cabras con ayuda de su martillo Mjolnir. Aquí volvemos a toparnos con las tradiciones de familia, banquetes, regalos traídos por un ser divino asociado con la luz y el fuego, y por supuesto, la resurrección. De esta leyenda proviene la famosa cabra del Yule, que se sacrificaba para los dioses en la temporada, y que ahora se hace de paja, con deseos escritos para el año entrante. La carne del animal solía quemarse o colgarse en los pinos de la zona, así como dejarla como ofrenda debajo de ellos, pues son árboles siempre verdes aún en invierno, y prometen la vida que perdura después de la hostilidad del final del año. Pinos y regalos en ellos, ¿les suena familiar?. Tan importante es la imagen de la cabra en esta época, que nos brinda otra celebración familiar. Aún hoy es común que la gente de pueblos escandinavos se disfrace de cabra, y entre a las casas a divertir a las familias diciendo obscenidades (Thor era conocidamente mal hablado en las tradiciones nórdicas) para entretener las cenas de celebración. Además de eso ¿qué creen que suele hacer la cabra?. Pues si, deja regalos para los niños. De los vikingos también viene la costumbre de adornar con luces el exterior de las casas, lo que ellos hacían con linternas de nieve. El objetivo de esto es mantener la luz y el calor en los hogares durante el oscuro invierno septentrional, dándole la bienvenida a quien necesite un refugio cálido contra el inclemente clima.



Muchas personas confunden a la cabra del Yule nórdico con el Krampus del folclor germano, que es muy distinto. Krampus es una cabra antropomórfica que en el 5 de diciembre visita las casas de los niños, para premiar a los bien portados con regalos, y castigar a los malos pegándoles con ramas o llevándoselos en un saco para comérselos. Pura disciplina alemana.


En Inglaterra por otra parte se tenía al personaje del Padre de la Navidad, una personificación simbólica de la generosidad, la abundancia, la familia, y el invierno. Una de sus más antiguas representaciones gráficas aparece en las ilustraciones del “Cuento de Navidad” de Charles Dickens, en el que interpretan al Padre de la Navidad como El Fantasma de la Navidad Presente. Éste es un hombre grande y robusto, barbado y vestido de verde para representar a la naturaleza, y con una cornucopia de abundancia. Se piensa que está basado en Odín o en el personaje folclórico escandinavo Jack Frost, manifestación humana de la época invernal.


Sin embargo, una de las fuentes más interesantes de la historia de Papá Noél y las costumbres navideñas proviene de los rituales de chamanes en Siberia y su uso del hongo Amanita Muscaria para inducir, en palabras de Carlos Castaneda, estados alterados de consciencia. Esta medicina milenaria, que hemos visto como casa de Los Pitufos o alimento de Super Mario Bros, aparece de la noche a la mañana, como por arte de magia, debajo de los pinos con colores brillantes cual regalos. Los chamanes, sabios ancianos barbados vestidos de rojo y blanco en honor a la medicina, recogen los hongos y adornan los pinos con ellos, para que se sequen lejos de su devorador natural: Los Renos. Después los meten en sacos y van a repartirlos a todos en el pueblo durante el Solsticio de Invierno, haciendo su entrega a través de ventanas y chimeneas, ya que la nieve tiene por completo cubiertas las puertas. Las familias continúan el proceso de secado de los hongos metiéndolos en calcetines que cuelgan en la chimenea. Éste hongo es sumamente venenoso, así que para consumirlo se les deja a los renos, inmunes a sus toxinas, para que las coman. Lo que los siberianos toman después es la orina de estos animales, ya que éste método filtra naturalmente las toxinas mantienendo las propiedades psicotrópicas del hongo. Los "renos voladores" son de esta manera, guardianes y parte de la Amanita Muscaria, como sus primos los venados lo son del peyote. El chamán consume la sustancia para viajar a través del Axis Mundi, ubicado geográficamente en el Polo Norte del planeta, abriendo su corazón y trayendo de vuelta el regalo más grande: el despertar espiritual de la ilusión humana y la sabiduría trascendental consecuente. Una muerte ritual junto al Sol para enfrentarse a la naturaleza misma de la existencia y renacer iluminado. Como el sol empañado que se renueva fresco y con un propósito claro: crecer.



Celebramos el misterio del nacimiento. De cómo en la muerte de pronto hay vida detonada por la luz del Sol. Los padres pueden verla brillar aún a través de los ojos de un bebé, pues acaban de surgir de ella. Por eso los niños tienen esa chispa divina en su manera de soñar, actuar y ver al mundo, porque están aun más cerca de La Luz de la que todos venimos. Al educar a los pequeños para integrarse a la sociedad buscamos su bienestar, pero lo que realmente hacemos es empañar su naturaleza eterna con los límites de nuestra forma de vida. Nos empeñamos en convencer milagros de que los milagros no existen. Pero de esa luz venimos y siempre está en nosotros pues existimos a través de ella. Como dicen los sabios de la india: El tambor de Shiva que anima al universo es el mismo que late en nuestro corazón.


Creo que es por eso que la historia de la magia navideña y Santa nunca las sentí como mentiras, porque son símbolicas de una verdad más profunda y cercana a nuestra naturaleza básica, una verdad para la que la razón y los conceptos no alcanzan.


Ése es el verdadero regalo del Solsticio de Invierno. Nuestros patrones e ignorancia oscurecen nuestro brillo, enfermando nuestro espíritu y el propio cuerpo, que es manifestación corporea y breve de lo eterno. En palabras de Manly P. Hall: “Eso que era un templo para lo más sagrado se convierte en la prisión de nuestros errores”. Pero está bien, porque ésta vida es una iniciación, una enseñanza tras otra para recordar quienes somos. Es por eso que la Navidad es tan dura para tantos de nosotros. Cargada siempre de soledad, drama familiar, dificultades económicas, muerte y decepción. Pero también de generosidad y amor infinitos. Porque es en la oscuridad más profunda donde la luz más tenue puede distinguirse. Y la fuente de luz más cercana la llevamos adentro. A ésto se refiere el espíritu de éstas fechas: A que renazca el Sol interior. La narturaleza bondadosa que de origen tenemos y no hay mas que dejar resplandecer a través de nosotros para crecer con ella.


Pensándolo un momento, incluso las películas y cuentos de esta temporada, por mas comerciales que sean, hablan de ésta reivindicación consciente invernal: El Grinch, Ebeniezer Scrooge y Jack Skeleton transmutan su profunda oscuridad en luz en esta fiesta. Es un evento alquímico astrológico. La enseñanza está por todas partes y celebramos que se nos recuerda cada año. El ciclo de nacimiento-muerte-renacimiento, realmente se puede reducir al puro nacimiento-renacimiento. Y al despertar nos damos cuenta de que somos sólo renacimiento constante. No por nada para los egipcios, los persas y los chinos, la muerte no presentaba oscuridad, sino regresar a la pura luz fecundadora de vida. La cabeza y la cola del Ouroboros pertenecen a la misma serpiente.


Las pirámides mayas y egipcias están alineadas de manera que cuando les da el Sol en el Solsticio de Invierno, quedan divididas exactamente por la mitad en una parte de luz y la otra de sombra. Esto es para recordarnos la coexistencia y codependencia de los aparentes opuestos. Gracias oscuridad por hacernos saber lo que es la luz, gracias muerte por hacernos saber lo que es la vida. Gracias Padre Sol por este sagrado regalo de Navidad.



Como nota final quiero compartir que la nostalgia de escribir el presente ensayo me llevó a buscar en internet qué tan viejo era el famoso Tazo que resucitó la magia en mi aquella noche del 25 de diciembre. Al darle enter al buscador aparecieron los resultados en Google y sonreí: Salieron en el 2003, el año de mi noveno invierno. Mi última Navidad creyendo en Santa. El Solsticio en que se tuvo que apagar la inocente magia infantil para que pudiera renacer el Sol de la magia consciente adulta.

Feliz Solsticio de Invierno a todos. Que el sol renazca en su mundo, pero más que nada, que renazca sus corazones.


Gus Arrieta. 21 de Diciembre del 2020 

Traducción al inglés el 21 de Diciembre del 2021.

 
 
 

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