El virus que nos habló de sanar al mundo
Por Gus Arrieta
No importa si has tenido la suerte de haber librado hasta ahora los síntomas que atrofian tu sistema respiratorio, el Coronavirus nos ha estado infectando a todos desde hace meses. Y es que éste virus no sólo se contagia por contacto físico con gente o materia que lo aloje; hay otra vía por la que se ha estado propagando mucho más rápido que siendo absorbido por tu cuerpecito. Declaraciones como ésta ya te deben ser habituales, éste travieso bichito chino se la ha pasado demostrando lo poco que entienden sobre él los expertos desde el día en que decidió probar suerte en el homo sapiens.
El COVID 19 se propagó a nivel global, mucho antes que lo hiciera físicamente, a través de los medios de comunicación e infectó a la humanidad entera. Infectó, para empezar, las redes sociales y sus sagrados memes. De ahí se siguió tranquilamente a infectar tus planes para el 2020. Ahora infecta nuestros pensamientos, nuestras conversaciones y nuestro estilo de vida. Tenemos desde hace rato una experiencia humana absolutamente contagiada de Corona en todos sus ámbitos. De ésto obviamente estás totalmente consciente mi buen lector, así que de éste hecho palpable no necesitas que te hable más. De lo que quiero hablarte es de todo lo que está moviendo, al menos desde mi perspectiva, ésta sacudida existencial que estamos atravesando, y que a algunos más bien, está revolcando.
Personalmente tenía emocionantes planes para el año en curso. He pasado toda mi vida deseando hacer un viaje de mochila en solitario por países desconocidos, y el año pasado por fin me había animado a gastar mis ahorros ganados trabajando como burro en un boleto de avión a Madrid para de ahí viajar a través de Europa por primera vez. Éste viaje significaba mucho para mi, no solo por el gozo que implican semejantes vacaciones, sino porque nunca me he aventurado a explorar lugares lejanos y extraños totalmente por mi cuenta. Tenía la intención de pasar 3 meses viajando y explorando terrenos desconocidos, tanto geográficos como personales. Mi vida y mi mentalidad han cambiado tanto en los últimos años, que veía en ésta aventura un medio para asentar y enriquecer mi vida conociéndome mejor. Pero, oh sorpresa, 10 días antes de que saliera mi avión, Madrid se fue al diablo de contagios por el imparable bati-virus.
Sin hablar del dineral que se me fue a la mierda, entré en una súbita crisis cuando de golpe se arrancaron de mi agenda los siguientes 3 meses, que ya había dejado cuidadosamente libres de trabajo y compromisos para hacer mi viaje en santa paz. ¿Ahora qué iba a hacer?. Intencionalmente desempleado a las puertas de una inminente recesión económica y escasez de trabajo. Como un pájaro que sin siquiera haber alzado el vuelo libre hacia la aventura se encontraba ahora en una jaula con periódicos llenos de titulares apanicantes de pandemia bajo las nalgas. De una manera u otra, todos experimentamos el mismo corte de tajo en nuestros planes a a corto plazo, quizás más que eso. Y en la fila del súper con el carrito lleno de papel de baño y gel antibacterial pensamos: -”¿Y ahora qué?”-. Pues a pesar de la incertidumbre, como siempre pasa en la vida, la respuesta fue llegando cuando me daba chance de escuchar.

Un par de meses antes del armagedón con nombre de chela mexicana, tuve una charla con mi Jime, mi actual novia; que en ese momento aún no lo era oficialmente. Una de esas charlas que nadie quiere tener nunca, pero maldita sea, sabes que vas a acabar teniendo: ¿Formalizar la relación o cada quién seguir su camino?. Al término de esa plática decidimos lo primero, a pesar de que en un par de semanas fuera a irme yo de viaje por varios meses. Cuando finalmente se canceló todo, agradecimos a las fuerzas cósmicas haber tomado tal decisión, pues juntos hemos vuelto mágico nuestro confinamiento. Entonces comencé a darme cuenta de que quizás ésta cuarentena traía consigo algo más que calamidades. Traía también algo inesperadamente valioso. Cuando la pandemia nos impidió salir más, nos vimos obligados a ir adentro y a quedarnos ahí quietos. Entonces nos encontramos con algo mucho más aterrador y complejo que el dichoso COVID: Después de mucho tiempo volvimos a hallarnos cara a cara con nosotros mismos. Así fue como el virus más infame de la era moderna comenzó a curar al mundo.
Es innegable el dolor, la muerte y la devastación que ha causado a la sociedad éste evento histórico, pero ante tal sacudida, uno por uno y a nuestro propio modo, hemos comenzado a tomar conciencia de graves padecimientos, degenerativos contagiosos y además hereditarios, en los que ni siquiera habíamos reparado. Ésto lo noté por primera vez al hablar con mi hermano menor hace un par de semanas. Siempre he admirado en él su absoluta confianza en sí mismo y subsecuente éxito en todo lo que se propone, es la clase de persona que parece tener todo bajo control y estar absolutamente satisfecho con sus decisiones. Sin embargo en una de nuestras largas llamadas, me habló de que en los últimos días había decidido abandonar unas clases de finanzas a las cuales por propia cuenta se había inscrito. No daba una en los exámenes sin importar cuánto estudiara ni cuántas veces los presentara, y además de la frustración que eso le provocó, odiaba todo en esa clase. Le pregunté entonces por qué diablos se había inscrito en tal suplicio él solito. -”Me di cuenta que toda mi vida he tratado de ser el mejor en lo que sea que me propongo, y que eso me ha causado muchísima frustración y angustia desde que me acuerdo”-. Dijo Jorgito con franqueza. -”Pero ahora que he podido estar en casa tranquilo con ésto de la cuarentena, vi la situación con claridad por primera vez y tomé conciencia de que es una estupidéz. Mientras cocinaba con calma mi cena, me di cuenta de pronto de que no tengo por qué ser el mejor en todo, y mucho menos en algo que ni se me da fácil, ni disfruto hacer para nada.”-. Éstas palabras me sorprendieron. Quién habría pensado que la promesa de los hermanos Arrieta padecía la presión de sus propias expectativas. Me hizo muy feliz saberlo libre de esa prisión autoinfligida. Después de colgar con él, en mi cabeza aún resonaban sus palabras: “..ahora que he podido estar en casa tranquilo, vi la situación con claridad por primera vez…”. Mi hermano llevaba toda su vida con esa espinita que ni él ni nadie a su alrededor había visto, y con un par de días de silencio y quietud, la localizó y la arrancó de inmediato. Es como le decía el célebre brujo Don Juan Matus a Carlitos Castaneda: Para poder “ver”, primero hay que parar el mundo.
Apenas la semana pasada, le llamé a uno de mis mejores amigos para felicitarlo de su cumpleaños y ponernos al día. Me platicó que por primera vez desde que vivía en su casa, estaba saliendo a su jardín regularmente, en un principio en busca de aire fresco que lo distrajera del confinamiento. Pero luego comenzó a aficionarse a cuidar las plantas y las flores, para después sentarse un rato a ver el cielo de la Ciudad de México extrañamente limpio. Y como le pasó al filósofo Byung-Chul Han, un día mientras regaba el pasto le llegó una súbita iluminación. Mi amigo se puso a pensar seriamente en su relación amorosa actual: se dio cuenta de que ya no estaba funcionando desde hace tiempo y lo único que la mantenía andando era su miedo a lastimar a su pareja al dejarla. Mientras las gotas rodaban entre las hojas notó que tal miedo estaba provocando un daño profundo en ambos, y decidió que al terminar la cuarentena, confrontaría a su novia y sería franco con ella sobre lo que sentía.

Curiosamente durante éste tiempo de guardarse en casa, he estado en un contacto mucho más cercano y constante con mis primos y amigos de lo que había estado en años. Al menos una vez a la semana hablo con gente que se ha ido a vivir lejos, o que incluso vive en la ciudad y que en circunstancias normales no encontrábamos nunca tiempo para platicar. Un ejemplo de ésto es que hace dos semanas, en el aniversario de mi nacimiento, recibí los mensajes y llamadas de felicitación más numerosos y sinceros que recuerdo jamás. Gracias a este reciente e inesperado acercamiento a mis conocidos, me fui dando cuenta de que éstos casos de epifanías de cuarentena no son aislados, y que es algo que está ocurriendo actualmente a nivel colectivo: Ahora que dejamos de correr, ahora que dedicamos más tiempo a labores que te traen inevitablemente al aquí y al ahora, como arreglar la casa, cocinar o cuidar las plantas, nos llegan por primera vez respuestas a preguntas que ya ni recordábamos haber preguntado. Si lo piensas un momento, lo que está pasando ni siquiera es la gran ciencia: es preciso simplemente callarse para escuchar lo que nosotros mismos nos hemos estado pidiendo a gritos. Lo que pasa es que habíamos pasado tan largo tiempo aturdidos por el ruído que habíamos olvidado que era posible el silencio.
Y así como el volver a casa poco a poco está sanando nuestros corazones, todos contemplamos maravillados cómo nuestra madre tierra también se regenera con tan sólo un par de semanas de calma: guacamayas volando entre los edificios residenciales en Caracas, venados saltando por las calles de Nara, cocodrilos asoleándose en las playas de Oaxaca, los mares de Acapulco y Veracruz libres de barquitos de caca flotando por primera vez en décadas. Eso era todo lo que éste mundo del que somos parte precisaba, una pausa. El recordatorio de que se puede estar en calma un rato y no se va a acabar el mundo, sino al contrario: más bien se debe tener una existencia más tranquila para salvarlo, para salvarnos a nosotros mismos, porque todo está vinculado. Nuestro estilo de vida inconsciente es tan dañino para nuestro planeta como lo es para nosotros mismos. Esta pandemia ha venido en el mismo combo que los recientes inviernos históricamente fríos, que los incendios forestales masivos, que trascendentes manifestaciones y movimientos sociales. Pero ésta vez la enseñanza es muy clara: Un virus azota el sistema respiratorio de la especie que ha estado ahogando al planeta. No hay mensaje más claro que éste de que nos estamos asfixiando a nosotros mismos. Y yo sinceramente creo que esta vez estamos escuchando.

-“¡Pero Gus!…”.- Podrías decirme. -”…llevan siglos habiendo advertencias!, incesantes señales de que estamos caminando en sentido contrario hacia una coexistencia armoniosa en éste mundo. ¿Qué te hace pensar que ésta vez vamos a cambiar?.”- Pues verás querido lector, ésta vez la crisis nos ha llevado “adentro”, a tomar conciencia de que el daño ahí es tan real como el daño “afuera”. Es como nos habla el cuento hindú de cuando Shiva se enfrentó a Kama. La deidad Kama personifica al deseo, a ese hueco interior que tratamos de llenar con cosas y experiencias de fuera. Kama aparece tras un árbol y dispara una flecha al corazón de Shiva mientras éste medita. ¿Y cómo lo vence el máximo héroe del hinduismo?, no lo hace yendo a partirle la madre a Kama. ¡Oh no!. Lo vence quemándolo con el tercer ojo; el ojo que mira hacia adentro. Verás, el hambre del ser humano no se va a saciar cuando acabe de consumir al planeta y con él a sí mismo. Sólo te libras del hambre del deseo mirando su raíz, y ella está en nosotros mismos. Como me dijo un Taita muy sabio una vez: -”No se lucha por arreglar el mundo de afuera para que a través de ello se sane aquello que traes descompuesto por dentro. Te ocupas primero de sanarte a tí, y una vez que lo hagas lo de afuera sanará contigo”-. Porque si estamos jodidos por dentro, jodemos a los demás; jodemos a nuestro planeta hogar sin importarnos y sin ver lo que estamos haciendo, y eso se expande. Y de la misma manera lo opuesto.
Así que es correcto, creo sinceramente que ésta vez escucharemos, o al menos lo hará más gente que nunca.Ya es una verdad innegable lo mucho que nos podemos ahorrar trabajando desde casa en tiempo, en dinero y corajes. Además del innegable bien que la disminución de movimiento humano le hace al medio ambiente. También es cada vez más evidente y difundida la idea de tener huertos urbanos propios y el apoyarse unos a otros como comunidad para salir adelante, en vez de depender de grandes empresas o del gobierno exclusivamente. Las crisis provocan este tipo de cambios, pero ésta en particular nos ha dado el tiempo y el espacio necesarios para vivirlo, para pensar al respecto y atesorarlo como una mejora a nuestro previo modelo de sociedad.
Ahora al salir del confinamiento dáte cuenta al cruzar la puerta que sigues en casa, que siempre lo has estado, y llévate la calma que has aprendido contigo. Llévate el recuerdo de la importancia que tiene parar de vez en cuando para volver al ahora. Vernos como el enemigo del ecosistema y odiarnos por ello no salvará al planeta porque somos parte que él. Hay que salvarnos para salvar al mundo. Salvar al mundo para salvarnos. Con calma. Con amor siempre.

Por mi parte me doy cuenta que después de todo sí estoy haciendo el viaje que tenía planeado para éstos meses, nomás que no empezó en España; comenzó conmigo volviendo a casa.
Gus Arrieta. 4 de Mayo de 2020.




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