top of page
Buscar

Animación y cómics: Un ensayo sobre el arte con corazón de niño

Gus Arrieta
13 mar
14 min de lectura

Por Gus Arrieta


En éstos tiempos de estar guardados en casa por causa de la pandemia, ha aumentado significativamente el tiempo que pasamos haciendo uso de los servicios de streaming o leyendo. No sólo eso, sino que prácticamente todo nuestro tiempo de ocio está dedicado a ello, por lo que no es de extrañar que cuando queramos platicar evitando las deprimencias del contexto actual, recurramos siempre a las series, películas o libros que hemos estado devorando. En semejante situación es común encontrarse consumiendo el mismo contenido que tus conocidos casi al mismo tiempo, y por tanto encontrar temas en común para hablar. Sin embargo ese no está siendo siempre mi caso. Es cierto que veo series que son trending topic como Dark o La Casa de Papel, pero en muchas otras ocasiones me encuentro sin interlocutores afines cuando hablo de que he estado viendo Over the Garden Wall o Regular Show y me apasiono explicando por qué son unas malditas obras de arte. Usualmente la gente me responde con una sonrisa y una expresión de “ay pero que ternura que sigues con las caricaturas”. De igual manera me pasa cuando al llegar el tema de publicaciones literarias recomiendo Tank Girl de Jamie Hewlett o Akira de Katsushiro Otomo. A pesar de que ésta situación no es nueva para mi, en éstos días de alto consumo de entretenimiento, me es mucho más evidente la indiferencia con que el adulto promedio pasa por alto la animación y los cómics por considerarlos insultantes a su intelecto superior. Así que he decidido ponerme a escribir el presente ensayo para defender éstas maravillosas expresiones artísticas con la pasión con la que las disfruto.


 Si me conoces personalmente lector mío, seguramente has chuleado mi auto-tatuaje del Skelleton Dance, me has visto usando mi gorra de Gravity Falls, mi suéter de Snoopy, mi playera de Avatar: The last Airbender o mis calcetines de La Vida moderna de Rocko. Casi con total certeza me has atorado cantando las rolas de Rebecca Sugar del soundrack de Steven Universe, te he respondido citando un diálogo de Shrek o de Bob Esponja, o te he recomendado un mantra para meditar que me saqué de Adventure Time.  Mi constante exposición a cómics y caricaturas sin duda contribuyen, entre otras cosas, a la reputación de “niñote” que me he ganado y con la que más de una vez me han descrito. Imagino que varios de los otros aspectos infantiles de mi personalidad han visto también su génesis en esto. Sin embargo, soy un ferviente promotor de la idea de que éstas maravillas no tienen límite de edad para su apreciación. No reprocho a quien no le gusten ni le interesen, pero sinceramente creo que quien se priva del deleite de una buena animación o novela gráfica por creerse demasiado maduro para ello está, con todo respeto, bien chavo. A mis ojos éstos medios llevan consigo un valor intrínseco e incalculable que les explicaré en breve, pero antes, permítanme contarles la historia de esta pasión mía.


Atardece en la Ciudad de México, es el verano del año 1994. Con apenas unos meses de vida, un bebé redondito y cabezón visita el cine con sus padres para ver la primera película de su existencia terrenal: El Rey León. Papá y Mamá no lo saben pero durante los siguientes 88 minutos el pequeño desarrolla en su fresca mentecita y corazón la primer experiencia de gozar el arte en su vida.  La semilla fue plantada. Éste chamaco va a ser artista y los dibujitos uno de sus compañeros más antiguos. Como intuirás, hoy no conservo recuerdos de ese acontecimiento, pero tengo la total certeza de que en aquella tarde mágica encontré una de las primeras cosas en ésta encarnación que hacían perfecto match con la esencia inmortal de mi ser, y me di cuenta que había elegido el momento correcto para nacer en éste cuerpo. 



Los años 90 marcaron una época dorada de las caricaturas: fue el tiempo mítico en que la programación aún inundada por la animación clásica del siglo pasado se topó cara a cara con la llegada de la nueva generación de caricaturas. Lideradas por Ren y Stimpy, la animación occidental volvía a ser no sólo dirigida a niños, sino también a audiencias más maduras. Estoy hablando de la década en que las animaciones empezadas a germinar a mediados de los 80’s dieron sus verdaderos frutos.  Los 90’s en México trajeron el auge del anime japonés, al mismo tiempo nacieron los canales Cartoon Network, Kids’ WB! y Fox Kids. En aquellos días también canales infantiles más viejos como Nickelodeon y Disney Channel empezaron por primera vez a lanzar caricaturas originales. En canales mexicanos como el Canal 5, el Azteca 7, o incluso en Unicable podías ver la mayoría de ése contenido gringo y japonés si no contabas con cable. Nació también en 1990 un legendario segmento del Canal 11 llamado Ventana de Colores, donde podías ver una selección impecable de animaciones de culto provenientes principalmente de Europa. De igual forma en el Cine, el agonizante viejo milenio trajo el venerado Renacimiento de Disney, las primeras pelis de Pixar, a Dream Works Animation y el boom de las pelis del estudio Ghibli. ¡Que bendición haber sido un niño enajenado en ese entonces! 


Recuerdo con mucho amor esas mañanas de sábado en que mi hermano y yo despertábamos a ver Aventuras en Pañales y Kablam!, para en la tarde ver la peli que pusieran en Teatro Cartoon. Después de clases veíamos Pingu, Los Moomins o los Cuentos de la calle Broca en El Once. Al acabar la tarea veíamos con mi papá Johnny Bravo. Los domingos antes de que nuestros padres despertaran pasaban Arale y Doraemon en Unicable o Recreo en el 7. Aún tengo clara la imagen de las pijamadas con mis primos en que nos levantábamos en la noche a escondidas a ver Hey Arnold! o alguna peli de Disney, cuando se supone ya debíamos estar dormidos. Después de la clase de natación jugaba con mi hermano a los Castores Cascarrabias trepados en nuestra litera hasta que nos lo creíamos a tal grado que nos acabábamos agarrando a golpes (desenlace al que llegábamos en el 90% de nuestras actividades juntos). No me malentiendan, hacía más cosas de niño que solo ver caricaturas; jugaba, trepaba árboles, corría, comía y dormía como si no hubiera un mañana, pero entre todo eso siempre había un momento de sentarme vistiendo mi disfraz de Hércules o de la Hormiga Z a ver la tele con mi familia. Inevitablemente el recuerdo de esas exquisitas caricaturas me llevan directo a ese departamento en la calle de Barranca del Muerto donde pasé mis primeros años y todo lo hermoso que ahí viví.



Conforme fui creciendo, estaba realmente fascinado con las caricaturas, las consideraba parte de mí y quería de alguna manera ser parte de ellas. Fue por ese motivo que empecé a dibujar, ¿qué relación más íntima podía haber con los dibujos que crearlos yo mismo?. Mi primo Pablo, que era para mí como un hermano mayor, organizaba concursos de dibujo, que a veces eran libres y a veces tenían un tema específico. La mayoría de las veces el reto era dibujar alguna caricatura, cosa que yo me tomaba muy enserio. Tendría yo unos 5 años cuando por fin pude dibujar al protagonista de El Laboratorio de Dexter. Si hiciera una lista de los momentos más gloriosos de mi vida, ese logro sensacional tendría un puesto asegurado en ella. Esa primera vez que experimenté el tomar algo que me gustara de mi entorno, procesarlo y luego tomar el lápiz y recrearlo a mi antojo con mis propias manitas; todavía me recorre un escalofrío de gusto al recordar ese momento pues fue canalizar magia pura. Viéndolo en retrospectiva, es genial que Dexter fuera la primera caricatura que me salió, pues la ópera prima de Genndy Tartakovsky fue la pionera creación original de Cartoon Network fuera de Hanna-Barbera, y cantera creativa de donde salieron Butch Hartman (Los Padrinos Mágicos), Craig McCracken (Las Chicas Súper Poderosas), Seth McFarlane (Padre de Familia) Y Rob Renzetti (La Robot Adolescente). A ese primer personaje que me salió copiar en papel le siguió un hambre insaciable por seguir dibujando caricaturas que me gustaran, para después dibujar cosas del mundo real, y aún más divertido, caricaturas de mi propia invención. En otras generaciones y en la mía, he conocido numerosas familias que limitan o de plano prohíben el consumo de caricaturas a sus polluelos, alegando que de alguna manera atontan o trastornan el desarrollo mental del infante. Aquellas tendencias paternales represoras llegaron incluso al extremo de censurar a mi amado Dragon Ball o a La Vaca y el Pollito acusándolos de ser diabólicos. Agradezco infinitamente a mis papás por no obrar de esa manera conmigo, pues a esa libertad debo el desarrollo de mí creatividad y mi posterior carrera como artista.



Al empezar a leer, quedé naturalmente atraído a los libros ilustrados infantiles, como La Peor Señora del Mundo o los libros de Dr Seuss, cuyas imágenes fantásticas alimentaban mi imaginación, y que actualmente sigo leyendo y atesorando. Al entrar en la primaria, mis maestros consideraron los libros llenos de dibujitos inapropiados para mi edad, y comenzaron a imponerme la lectura de libros de pura letra. Pese a las buenas intenciones de mis catedráticos, me negaba a leer dichos libros tan poco atractivos a la vista. El motivo de esto no era tanto un desprecio por la actividad de la lectura, sino más bien mi innata necedad y rebeldía. Desconfiaba de mis profesores y veía en ellos una maliciosa intención de arrebatarme los aspectos divertidos de mi personalidad infantil para volverme un aburrido adulto robótico producido en masa, a través de secos números y letras sin imágenes interesantes que saciaran mi hambre artística.


Fue hasta una navidad que mis tíos Álvaro y Tania me regalaron mi primer cómic: uno de los libros de Las Aventuras de Tintín. Esa fue otra de las determinantes revelaciones que experimenté durante mi niñez.  Devoré la historieta de una sentada y quedé fascinado por éste nuevo mundo que se abría ante mí. En los cómics tenía acceso a títulos con temáticas más maduras, y no solo estaban ilustrados: ¡dependían de los dibujos para contar la historia!, justo como la animación. Rápidamente me volví fan de los cómics y empecé a dibujar a sus personajes. A las historietas de superhéroes, con sus pegaditos disfraces de spandex, agradezco mi rápido progreso en aprender a dibujar la figura humana, representar el movimiento y los sonidos gráficamente. No tardé en empezar a escribir y dibujar mis propios cómics del Hombre Ornitorrinco a escondidas en clase. Uno de los motivos iniciales de mi atracción hacia las caricaturas y las historietas queda entonces claro: el dibujo. Pero existen otros aspectos mucho más profundos en éstos mágicos medios que hasta que fui creciendo más pude explicar en palabras.



Entre más me fui alejando de mis primeros años, más extraño lucía ante ojos ajenos mi creciente consumo de novelas gráficas y animación; parecía ir a la “Benjamin Button” desarrollándome en sentido contrario. Entre más crecía, más me desconcertaba esa especie de vergüenza adulta a los dibujitos que no dejaba de presenciar en todas partes. Maestras marchitas me rompían mis dibujos advertíendome sobre el fracaso inminente que me esperaba en la vida si no empezaba a darle la importancia debida a la aburridéz de sus clases. Mi estricto abuelo veracruzano me llamaba tonto o maricón por ver Sakura Cardcaptors en vez de la liga Mexicana de Fútbol. Incluso veía con desconcierto como en la industria del entretenimiento, en festivales del tamaño los premios Oscar, no solo jamás premian como mejor película a una animación, sino que atiborraban a todas las películas de éste tipo en una sola categoría con fama de “para niños” como si se tratase de un simple género. Ésto es una total estupidez pues ni la animación ni los cómics tienen rango de edad, ni pueden ser etiquetados como un género, más bien son expresiones artísticas ricas por sí solas. Ha habido cómics y caricaturas para adultos desde el comienzo, y sus temáticas siempre han abarcado todos los géneros posibles: terror, histórico, drama, romance, acción, ciencia ficción, fantasía, etc. De hecho, muchas películas y series adultas aclamadas por años han sido basadas en cómics:. The Walking Dead, Hombres de Negro, Kck-Ass, Scott Pilgrim o 300 por mencionar algunos.


No solamente el cómic y la animación tienen opciones para adultos, sino que gracias a la flexibilidad fantástica inherente del medio, en la cual profundizaré más adelante, tienen opciones excelentes. Entre mis obras literarias favoritas cuento muchísimos cómics y mangas, cuyas magníficas historias, acompañadas de sublimes obras de arte ilustrándolas, me han transportado a su mundo tan claramente como lo hacen los trabajos audiovisuales, pero haciendo uso de mi imaginación para darle cohesión personal, como lo haría cualquier obra escrita. Es imposible leer Un Duro Adiós de Frank Miller sin sentirte totalmente abrumado por el calor húmedo de la infecta Sin City,  o disfrutar del exquisito Kozure Ōkami de Kazuo Koike sin percibir la fragancia de los cerezos floreciendo en el Japón feudal. Y ésto que menciono no es más que el mérito que proporciona la riqueza innata de la novela gráfica, si les llega a las manos una obra maestra que lo aproveche al máximo, como V for Vendetta o Sandman, les va a volar la cabeza.


 Así mismo, como en mi niñez viví una época de oro de las caricaturas, ahora estamos viviendo una de la animación occidental para adultos que comenzó con los legendarios Simpson, y que cada vez se le suman a ésta corriente irreverente más obras sublimes. Series como Bojack Horseman logran como pocas historias hablarnos sobre la decadencia materialista y las tendencias autodestructivas de la psique humana, de una manera inesperadamente hilarante. Futurama, Rick y Morty o Final Space andan al nivel de Star Trek o Doctor Who en lo que a ciencia ficción se refiere, a la vez que proporcionan comedias de lo más divertidas. Samurai Jack, otra de las joyas de Tartakovsky,  que me tocó en su etapa dirigida a niños cuando yo lo era, y en su etapa dirigida a adultos ahora que lo soy, está sin duda entre mis series favoritas de todos los tiempos gracias a la belleza minimalista y palpable de su arte y cinematografía, su música y su argumento excepcional. Caricaturas más recientes como Midnight Gospel, nos han destrozado el ego con su profundidad psicológica y espiritual, como contadas películas o series live action han hecho. Cabe mencionar que al igual que en las novelas gráficas, los japoneses ya llevaban la delantera en ésto de generar contenido para adultos en el medio, animes como Neon Genesis Evangelion, Cowboy Bebop, Ghost in the Shell, Paprika o casi cualquier cosa de Ghibli son ejemplos claros de ello. En fin, podría seguir recomendando novelas gráficas, series y películas animadas hasta llenar un libro y les aseguro que no acabaría, no obstante, ¿Qué es lo que hace tan invaluables a la animación y los cómics?. Ese es el verdadero punto que me interesa dejar claro.


El atributo que me parece más valioso de éstas expresiones artísticas es sin duda la poca resistencia que presentamos los seres humanos a aceptar, disfrutar y confiar en sus historias tan llenas de locuras, en contraste con los otros medios del entretenimiento. Lo que quiero decir es que al tratarse de contenido que consumimos durante nuestra infancia, de alguna manera aún al disfrutarlas como adultos, sabemos verlas con los ojos libres de juicio y la mente boyante de imaginación que tiene un niño o niña.


Al ver dibujitos cotorros desarrollar la historia, y no imágenes del mundo “real”, curiosamente asumimos que es un mundo fantástico en que todo es posible, y de tal manera, lo que pueden proporcionarnos éstas expresiones artísticas no tiene límites. Permítanme aclarar ésta afirmación a través de una experiencia que viví con mi padre Don Gustavo, tan estricto, conservador y serio como puede llegar a ser un hombre. Es dificilísimo ver una serie o película acompañado de mi papá, al igual que recomendarle un libro, ya que casi todo lo que percibe lo etiqueta como ridículo, irracional, inapropiado, imposible o simplemente inaceptable. A menudo me reprocha si me ve leyendo Hellboy, expresando que debería en su lugar chutarme un tabique de ciencias políticas. Sin embargo, el único género que tengo absoluta garantía de poder disfrutar a su lado en el cine es la animación. Esto parecerá sorprendente a primera vista, pero de hecho, tiene mucho sentido. En el año 2013 mi padre se quejó tanto de las incongruencias científicas de Gravity de Cuarón que detestó la película, pero en contraste, el mismo año disfrutó muchísimo Mi Villano Favorito 2 sin cuestionarle nada. Al preguntarle el motivo de semejante criterio respondió sin pensarlo dos veces: -“Son caricaturas, en ése mundo lo absurdo es aceptable porque no hay que tomarlo tan en serio-. Qué fuerte ¿no?. El único momento en que éste señor cuadrado mantiene viva la inocencia y la apertura infantil a que todo es posible, y se permite disfrutar de la contemplación de lo inaudito, es al ver caricaturas. Ahí me di cuenta de que lo único que necesitaría mi papá para disfrutar más del cine, y de la vida misma es solo eso: No tomárselo tan enserio. 



Si lo piensas, de igual manera ocurre con los cómics. Queda en evidencia cuando adaptan a los superhéroes a películas live action, donde siempre modifican a sus personajes, sus disfraces y sus historias a unas versiones más serias y más “creíbles”. Simplemente busca el traje original en los cómics de Electro o de Hawk Eye en Google y dime si los aceptarías representados así en las películas. Misteriosamente, al dar el salto a los medios que se consideran para “adultos”, nuestra mente preprogramada se resiste a digerir tal colorido, que sin problema aceptamos en sus obras originales.


Tristemente millones de personas como mi papá, o yo mismo en muchos aspectos, sin darnos cuenta producimos una vida personal y un mundo gris a nuestro alrededor que no deseamos, porque como sólo eso hemos conocido en nuestra experiencia cotidiana, lo creemos lo único realista. Pensar en felicidad y paz, tanto personales como universales, se ha vuelto para muchos sinónimo de una idealización inalcanzable. Por favor, paren de leerme un momento e imagínese el potencial que nos ofrecería la vida si la afrontáramos de igual manera que a las historietas o la animación, sin tanta resistencia a lo excéntrico, considerando la fantasía tan válida como el mundo ya manifestado, que antes de existir fue también una idea demencial (si lo meditas, el mundo es bien raro ahorita). Imagina hasta dónde podríamos llegar como seres creadores si no creyéramos inmediatamente lo insólito como impensable, si no tropezáramos en seguida nuestros deseos con el desaliento de la duda. “Imposible” no es más que una palabra que inventó algún cobarde para volver el camino andado antes de trascender el terreno conocido.


Cuando llegué a aquella conclusión sobre el pensamiento humano en general, me di cuenta del motivo por el cual de niño me atraían tanto las caricaturas de Tex Avery, Walter Lantz o Chuck Jones. La animación clásica de los años 20’s a los 50’s como Félix el Gato, Popeye, los Looney Tunes, Silly Symphonies o Tom & Jerry era una experiencia surreal que exprimía a tope el potencial de la animación para exagerar hazañas y situaciones increíbles liberadas del yugo impuesto por las leyes físicas y racionales. Una expresión en que la imaginación reinaba al servicio de la ridiculización de los conceptos cotidianos, y la diversión a costa de normalizar lo inverosímil, de no tomarse nada en serio, ése es el corazón de las caricaturas y los cómics, un corazón libre de resistencia y por tanto con una frecuencia altísima: un corazón de niño y niña.



Cuando me preguntaban de niño qué súper poder me gustaría, sin dudar escogía el poder de Fenomenoide, o el de La Máscara de Jim Carrey (basada en un increíble cómic por cierto),  cuyas series animadas eran de mis favoritas, y que ambos poseían la capacidad de doblar la rigidez de la realidad establecida como lo hacen las caricaturas. 

No niego ni por un segundo que las historietas y las caricaturas tengan un alma cien por ciento infantil, pero tomar esto como una desventaja o una debilidad me parece, por donde lo veas, una tontería. En éstos tiempos es innegable que gran parte de los males que más agobian a la humanidad provienen de haber dejado su alma de niño atrás, desechándola o suprimiéndola como algo obsoleto que había de ser superado, en vez de atesorarla como la raíz que nos da fuerza y nutre nuestro interminable crecimiento. El hecho es que ésta cualidad excepcional habita en las narraciones a base de dibujitos, pero de ninguna manera es endémica de ellas: es posible canalizarla a través de la creación de cualquier medio artístico, o en cualquier faceta de nuestras vidas, y darles así una frescura y un poder indescriptible.  Podría  sin equivocarme llamarla magia, pues el corazón soñador del infante es una línea directa al alma y vuelve posible manifestar todo lo que podamos imaginar. El único truco es cortar la cuerda de nuestro barco atracado en el muelle de la resignación antes de zarpar al salvaje y desconocido mar de lo que siempre hemos deseado. 


Hoy llamamos ingenuidad a la sabiduría ancestral de la niñez. Pero en la infancia sabías exactamente por qué te subiste a éste carrito chocón llamado vida en la Tierra: a divertirte. Así que camaradas, dejen ya de tomarse el juego tan en serio y aviéntense unas maniobras bien locas.


PD: Mil gracias a mi familia por criarme alimentando ésta llama en mi corazón siempre, y felicidades al Bugs Bunny que cumplió ocho décadas hace dos semanas. 



Gus Arrieta. 14 de Agosto del 2020.

 
 
 

Comentarios


© 2025 Gusarrietaart. Todos los derechos reservados.

bottom of page