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Pónte la máscara y descubre tu verdadera cara

  • Gus Arrieta
  • 13 mar
  • 9 Min. de lectura

Actualizado: 13 mar

Por Gus Arrieta


El brutal año de 2020 lo comencé en un viaje con mi adorada y peculiar familia por Oaxaca, México. Entre otros destinos espectaculares, se me reveló un mágico pueblo que desde el momento en que entré me dejó cautivado: San Martín Tilcajete. Un humilde pueblito reseco de lo mas pintoresco, tapizado de coloridos murales y dedicado al mítico oficio oaxaqueño del tallado y pintado de figuras de animales. Sin embargo, dos cosas me enamoraron más que nada de ese lugar: El taller de Jacobo y María Ángeles, hogar de impecables piezas talladas en copal de "tonas" y "nahuales"(pareja de animales espirituales que cada persona tiene de acuerdo a la cultura Zapoteca), y el descubrimiento del folklórico carnaval anual que se celebra ahí el día previo a la cuaresma. Ésta fiesta local consiste a grandes rasgos, en salir a las calles del pueblo con máscara de diablito o de animal y todo el cuerpo pintado a echar desmadre, simbolizando el último día de pecar antes de empezar a portarse bien por la llegada de la Semana Santa.


De vuelta en la capital mexicana no podía dejar de pensar en volver a ese pueblo que parecía llamarme para ser parte de aquel colorido carnaval, o para inscribirme a un curso de tallado de madera o pintado en ese increíble taller, cuando de pronto encontré un anuncio que parecía hecho a la medida para mí: un curso de una semana en ese mismo taller para tallar y pintar una máscara y luego unirte al equipo de Jacobo y María en el desfile del carnaval con tu propia creación puesta. A pesar de tener problemas de dinero en ese momento, el destino había hablado, así que contra el sentido común decidí invertir lo que tenía en inscribirme a la clase y en el viaje de vuelta a Oaxaca.

El 19 de febrero tomé un camión de medianoche de la Ciudad de México a Oaxaca de Juárez, para a las 6 y cacho de la mañana agarrar un colectivo hacia Ocotlán, que me dejara en Tilcajete. Debo admitir que iba nervioso en el camino, por patético que suene, caí en la cuenta de que nunca había tenido un viaje en solitario que hubiera durado una semana hasta entonces. Bajé de la van y en no más de 25 minutos, caminé desde la parada en la carretera hasta el taller, lo cual significa cruzar el pueblo de extremo a extremo. En aquel instante, se tambaleó mi antes contundente intención de quedarme toda la semana en una de las dos posadas que tiene el pueblo; en San Martín Tilcajete realmente no hay nada más que los talleres, pequeñas tiendas de abarrotes, restaurantes, algunas gallinas y hartos perros. Mi costumbre chilanga de vivir en chinga, lleno de distracciones y negocios abiertos casi 24 horas en cada esquina, se sintió absolutamente fuera de su zona de confort. Sin embargo tras meditarlo un poco, me pareció que un tranquilo y silencioso pueblito con abundante tiempo libre era justo lo que un citadino como yo necesitaba… pero esos días que pasé en aquel sitio del municipio de Ocotlán fueron muy distintos a lo que esperaba.


Al llegar al lugar conocí a los otros inscritos en el taller: dos gringas, una peruana y un puertorriqueño. Saltaba el hecho de que yo era el único mexicano, pero no me pareció extraño. Tristemente es común que quien mas aprecie la magia de un país son los extranjeros a éste, una irónica generalidad global. En seguida nos dieron el recorrido por el taller y luego comenzamos a tallar nuestra máscara. A través de la semana nos asignaron instructores especializados en cada área: tallado, resanado y pintado. Pero además de las preciadas técnicas artísticas que me fueron confiadas en esos días, me llevé una enseñanza en el corazón que jamás voy a desaprender. 



En algún momento de nuestro primer día, Jacobo y María nos dieron la bienvenida uno a uno dándonos la mano y preguntándonos de dónde veníamos. Este simple gesto de cortesía por tales celebridades en México nos recordó que a pesar de que hacen artesanías sobrenaturalmente detalladas y hermosas, también son seres humanos después de todo. Y en su caso, auténticos seres humanos. Éste matrimonio pasó de tener un pequeño negocio de artesanías local a tener exposiciones y colaboraciones con grandes marcas en todo el mundo, y sin embargo, no muestran ni una pizca de prepotencia o mamonería. Al contrario, ambos se sientan a tu lado a tallar, pintar, cotorrean, están pendientes de tu proceso y te aconsejan personalmente. Incluso Jacobo nos ofrecía algún refresco en momentos especiales. Sinceramente, tras unos momentos trabajando en ese sitio, sentía como si estuviera visitando a mis simpáticos tíos oaxaqueños. Y tal como en mis reuniones familiares, había también hartos primos igual de cercanos y queridos, quienes en este caso eran los empleados del taller. Acostumbrado yo a la agobiante vida godínez que asfixia el espíritu de mis paisanos chilangos, no podía creer lo que veía al contemplar un espacio de trabajo en el que se sintiera tal paz, calma y verdadero gusto por estar ahí trabajando y compartiendo ese momento. Talladores, joyeros, pintores, cocineros, personal de limpieza, gente de seguridad, alumnos de talleres especiales, todos conviven, comen y trabajan juntos. Cada uno conoce el nombre de los demás y se saludan con gusto cada mañana. Jacobo y María mientras tanto corren por todos lados viendo que todo funcione, dan tours personalmente a los turistas, hablan con clientes, y además están pendientes del bienestar de los miembros del taller. Jacobo asegura que la manera en que se trabaja bien y crece un negocio es haciendo que todos se sientan en casa, generando un sentido de ayuda mutua y comunidad. En resumen un ambiente absolutamente familiar.


-¿Bueno y qué es lo malo de ese esquema de negocios?-, me preguntó mi novia economista cuando le platiqué de esta dinámica de trabajo una noche de vuelta en la posada hablando por teléfono. -¿Lo malo?- pregunté desconcertado. -Si. Suena demasiado perfecto, tiene que haber algo malo- respondió. -¿Si verdad?-. Le dije. –Debe de haber algo malo…-. Reflexioné y traté de pensar en algo negativo. Realmente lo intenté sin encontrar nada, hasta que me di cuenta de lo que estábamos haciendo. ¿Es terrible no?, la cantidad de tiempo y energía que dedicamos normalmente a encontrar lo negativo. La sociedad nos ha educado para desconfiar de las buenas intenciones y las buenas cosas porque una cultura de hermandad se ha vuelto tan poco practicada en la vida diaria que ya la creemos un cuento de hadas. “-¡Tienes que asumir lo peor…-”, diría mi papá, “-…para que no te vayan a chamaquear y se aprovechen de ti!, ¡hay que andar abusado!-”. Claro que nuestros padres nos enseñan estas malas vibras con buena fe y ganas de cuidarnos, pero no es la primera vez que descubro en pequeños pueblos que aún conservan raíces y valores de sus abuelos, que tal manera de interactuar es de hecho posible. No obstante nunca imaginé que tal filosofía pudiera ser aplicada en un negocio creciente de tales proporciones. Ahora sé que esos modos son factibles y más que eso, son necesarios. Pero esa fue solo una parte de mis revelaciones existenciales en este viaje.


Desde que empecé a tallar la máscara, me sentí libre. Libre de hacer lo que se me diera la gana con mi pieza de arte. Jacobo nos alentaba todo el tiempo a aprender de sus técnicas y su estilo, pero también a ser creativos y a ponerles nuestra esencia particular a cada máscara, a darles detalles que nadie más que nosotros podría incluirles. Eufórico de tener por primera vez en años la rienda suelta, le puse mi corazón y todo mi cuidado a ese pedazo de madera, sin restricciones finalmente para expresarme. Cada instante lo disfruté al máximo, constantemente lleno de una expectativa emocionada por dar el siguiente paso en el proceso.



Jacobo en una de esas nos ofreció participar en una danza desfilando a través del centro de Oaxaca ése sábado. El taller había sido invitado a ser parte de un evento cultural que consistía en que los pueblitos cercanos que gravitan en torno a la Ciudad de Oaxaca mostraran sus festividades locales de carnaval a través de un desfile. Así que con nuestras máscaras a medias, pintados del cuello hasta los tobillos y usando taparrabos y pelucas, salimos a bailar por las calles del centro al ritmo de una banda carnavalesca. Salir en público en tales condiciones podría haberme chiveado en otras circunstancias, pero hay algo curioso en usar una máscara: te da cierta seguridad inaudita, un poder inesperado y largamente olvidado. Librándote de tu cara humana, no te sientes más intimidado o limitado por los prejuicios y normas de la sociedad. Dejan de aplicarse a ti tales ataduras porque ves al mundo a través de ojos distintos, y el mundo te ve como nunca antes te había visto. Tras la mascara el verdadero y tanto tiempo oculto “tú” se siente con la confianza de salir por fin. Literalmente tu nahual que se mantenía en las sombras sale a jugar. El poderoso ritmo de los tambores despertó el latir antiguo del verdadero corazón, entonces por fin dejamos libres a los animales… y así bailamos apasionadamente zapateando en la tierra, dando giros y saltando. Aullamos y gritamos como los nahuales de nuestras máscaras, ahora nuestras verdaderas caras, y los espectadores amontonados para vernos amaron cada segundo tanto como nosotros. Algunos de ellos incluso nos siguieron uniéndose al bailongo. Fueron horas de bailar sin parar con máscaras de madera, pero a pesar de la fatiga, una energía inagotable me mantenía moviéndome con la misma fuerza que al principio. La energía imparable de sentirse vivo.


De regreso en el taller comimos tamales y mis compañeros y yo hablamos por horas con Richie, el hijo de Jacobo y María. Ahí me enteré de que él era artista, y había pintado numerosos murales entre otros proyectos. De hecho, él había traído a los muralistas que dieron tanto color al pueblo. Nos habló del demencial y apasionado mundo del arte con elocuente maestría. Yo escuché cada palabra fascinado. Esa noche, antes de irnos a dormir, Jacobo nos invitó a un Temazcal al día siguiente. Si me conoces personalmente, sabes que me encantan éste tipo de ceremonias y experiencias espirituales, y después de persinar el piso como loco el día anterior, me caía delicioso un temazcalito.


La ceremonia fue llevada en un temazcal grande y de ladrillos de barro, por un hombre practicante de la tradición Lakota llamado Carlos junto con su esposa. Fue un temazcal no demasiado caliente, pero dentro de mí fue muy intenso. Pidiendo permiso para la palabra diversos participantes compartieron cantos y rezos, pues Carlos nos alentó a sacar todo lo que trajéramos cargando. Yo que andaba disfrutando la experiencia física y espiritual, alrededor de la segunda puerta sentí una incomodidad evidente, una que traté fuertemente de ignorar en cuanto apareció: la clara consciencia de que el trabajo que me encontraba haciendo en esos momentos para ganarme la vida, me estaba enfermando. Traté de sacudirme ese sentimiento, no podía ser. En una época de tanta incertidumbre económica, y habiendo apenas conseguido un buen proyecto de ilustración, ¿cómo podía yo siquiera considerar dejarlo?. Llevaba años queriendo dejar el diseño gráfico para ser ilustrador, y ahora que por fin lo era oficialmente me daba cuenta que no era lo que yo quería. Si tanto me costaba aceptarlo, ¿cómo se lo diría a mi padre?, ¿cómo se lo diría a mi actual empleadora?. Traté de contener esa revelación cuya claridad creciente me deslumbraba, hasta que en la tercera puerta no pude mas. Pedí la palabra y recé por claridad, aceptación y valentía respecto a esa cuestión que me aquejaba. Carlos pidió a Jacobo que me aconsejara. -Tienes que aceptar lo que verdaderamente sientes.- me dijo a gritos. -Si te preocupa cómo explicar tu decisión a los demás, ¡habla desde el corazón y tus palabras siempre serán las correctas!; ¡siempre serán escuchadas!-. El temazcal terminó con agradecimientos al fuego y salimos a comer unos tacos de tripa que fueron directo a mi Top 10 de taquitos.



En los días restantes del taller mientras avancé en mi máscara lo más que pude, mi resolución se hizo definitiva: No sabía exactamente cómo lo lograría, pero sabía que quería ser artista y hacer lo que se me diera la gana con mi trabajo. Lo cierto es que ahora que lo pensaba, siempre había querido ser artista. Cuando regresase a México me decidí a ir terminando con todos mis proyectos de ilustración uno por uno para por fin dedicarme al arte, sin restricciones ni indicaciones absurdas de jefes ni clientes. Cuando por fin llegó el carnaval al pueblo, tomé una máscara prestada del taller (para no dañar la mía que con tanto amor acababa de reparar de los golpes que le acomodé desfilando por Oaxaca), y salí todo pintado, aullando y bailando bajo el ardiente sol oaxaqueño con una nueva perspectiva de vida y sintiéndome ansioso por las infinitas posibilidades que se vislumbraban en el horizonte. Festejé con libertad refrescante, dejando atrás los grilletes que la sociedad y yo mismo me había impuesto.



En un momento dentro del taller se acercó a nosotros María para ver el progreso de nuestro trabajo. –Saben…- empezó a decir mirando nuestras piezas. -Dicen que la cara que tallas en tu máscara, es la cara que tienes realmente adentro-. Me detuve y miré mi máscara con atención un segundo. La expresión de un coyote completamente loco… pero un loco feliz. Feliz de estar loco y no esconderlo nunca más.



Gus Arrieta. 2 de Abril del 2020. Traducido al Inglés el 2 de Abril de 2022. Para ver cómo quedó la Máscara y también mis demás obras, visita mi sitio web y redes sociales.

 
 
 

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