El que no brinque es macho
- Gus Arrieta
- 13 mar
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Actualizado: 13 mar
Por Gus Arrieta
El octavo día de marzo del 2020 fue un día soleado y vibrante en la Ciudad de México. Poco después de la una de la tarde me aproximaba al monumento a a la Revolución junto con un grupo de mujeres entre quienes se encontraban mi novia, su mamá, algunas amigas cercanas y mi propia madre. La última me insistió por semanas en que me abstuviera de participar en la marcha, por miedo a que su polluelo fuera agredido verbal o físicamente por feministas llenas de una indignación y furia enteramente razonables. Dicho miedo fue infundido, por supuesto, por el indiscriminado torrente de propaganda y cadenas de información sensacionalista que desbordan de las redes sociales y los grupos de Whats App de señoras cotorras.

Yo mismo me debatía en asistir a este sacro movimiento, hasta que poco antes de la fecha, mi novia me sugirió que marchara a su lado, alentándome con su descubrimiento reciente de la existencia de contingentes de género mixto dentro del movimiento del 8M. Esta información no solo aplacó las ansias de mi progenitora, sino que la animó a ir con nosotros al evento. Bajo semejantes condiciones no había manera de negarme: unir mi voz al necesario grito que exigía justicia para los atroces actos feminicidas que continuan impunes en México, marchando codo a codo con las mujeres que ocupan, cada una, una mitad de mi corazón.
Así que ahí estábamos, llegando a la explanada del monumento, que en ese momento se encontraba atascado de participantes, en su mayoría obviamente, mujeres. A cada paso que dábamos en busca del punto de encuentro con el contingente, se tornaba mas difícil dar el siguiente. Realmente no había espacio ni para tirarte un pedo. En aquel lugar hirviente de energía femenina enardecida. Los gritos de protesta y el canto de -“¡EL QUE NO BRINQUE ES MACHO!” – atiborraban el aire. Obviamente yo brincaba con más enjundia que nadie para mostrar mi posición, además de que claro, me estaba cagando de la imponente y bestial fuerza que las mujeres exudan cuando están unidas y sin miedo. El “no ser macho” nunca desgastó tanto mis chamorros.

Tras una media hora avanzamos unos cuantos metros, y nos dimos cuenta que encontrar el contingente sería una tarea imposible, por lo que que nos agarramos a un árbol en una jardinera buscando espacio y aire que nos refrescara de la agobiante multitud. Estando ahí vimos pasar miles de mujeres con los carteles mas precisos y poderosos que jamás he visto en una protesta. Entre las señales que más me impactaron, fue una bandera de México que en lugar del violento rojo sangre, tenía el morado del movimiento feminista. Lo decía todo esa insignia. Poco después un grupo de encapuchadas llegaron a grafitear las paredes y puertas de los establecimientos circundantes. De algún modo esta acción se llevó a cabo de manera enteramente pacífica y cordial y sin embargo, su presencia era intimidante, por decir lo menos, gracias al movimiento trascendental que representaban esas mujeres. Su gloriosa aparición fue semejante a la de heraldos que anunciaban la llegada de una nueva era. Con decisión las vitoreamos y alzamos los carteles que dibujé y escribí para todo el grupo en su apoyo.
Decidimos esperar a que la marcha avanzara para unirnos a la parte trasera del contingente, lugar correspondiente en teoría, para los hombres consientes y niños que quisieran participar. Esperamos otra media hora, en la cual encontré a una amiga que venía también a la marcha y se unió gustosa a nuestro pelotón. Habiendo pasado este plazo nos unimos a lo que parecía la parte trasera de la marcha, ya que se distinguían algunos hombres y niños participantes. Poco a poco nos adentramos al torrente de protestantes, saliendo a la avenida principal con dirección al Zócalo. Entre marchas, gritos, y si, más brincos anti-machistas, divisamos la imponente silueta de mujeres solemnes y encapuchadas, como comandantes de una horda temible, paradas en lo alto del monumento del caballito, grafiteando y lanzando ese humo de colores al viento del cambio. También había otras de ellas paradas en las orillas de las fuentes con agua teñida de rojo sangre. La escena tenía un aire enteramente triunfal, desgarrador y poderoso, como salido directamente de las crónicas de la Revolución francesa o cubana, un parteaguas histórico, pero con una estética casi teatral. Me sentí como en las barricadas que describe Victor Hugo en Los Miserables.

A medida que nos abrimos paso hacia el Zócalo, empezamos a oír los ruidos de los golpes y pedradas contra los cristales de los edificios, y con ellos la llegada de un canto distinto: -“SOMOS MALAS. ¡PODEMOS SER PEORES!”- gritaban miles de apasionadas voces femeninas. En este punto el ambiente se tornó más denso, mi amiga, que recién se nos había unido, se despidió en ese momento: -Esto ya no me gusta, eso de “Ser peores” no es un buen mensaje ni es la intención por la que vine a marchar hoy.- Se alejó y desapareció entre la multitud en un instante. Nosotros teníamos la intención de continuar, así que así lo hicimos. Pero no tardamos en escuchar, primero distante y difuso, luego acercándose a toda velocidad, como una ola embravecida del mar que reventó contra nosotros, la exclamación repetida: -“¡FUERA HOMBRES!, ¡FUERA HOMBRES!”-. Entonces miré a mi alrededor. Era el único varón hasta donde alcanzaba la vista. El contingente mixto se había ido a la mierda. Nunca me había sentido tan inseguro y no bienvenido en ningún lugar en toda mi vida. Mi madre primero, y luego el resto de las chicas en mi grupo me dijeron: -Gus, escóndete-. Claro después de gritar “¡FUERA HOMBRES!” ellas mismas. Es más, creo que hasta yo lo hice; es impresionante el poder y la influencia que un movimiento como ese ejerce en sus participantes.
Escondí mi cara detrás de la pancarta anti-patriarcal que llevaba, pero no dejé de marchar ni de gritar los cantos de protesta. Sin embargo una voz varonil entre 80 mil voces femeninas resaltaba brutalmente. Y yo de ascendencia jarocha que hablo particularmente grave y a gritos, solo delataba con más alcance mi posición. Cada vez que gritaba, todas las que podían escucharme volteaban. Todas sorprendidas de que hubiera un hombre lo suficientemente idiota para no haber salido de ahí para ese momento. Algunas de ellas parecían incluso gratamente sorprendidas. Pero cada vez parecía menos grata la sorpresa que mi presencia provocaba, y cada vez más miradas irritadas se iban enganchando en mi persona. El sentimiento de desprecio hacia mi genero era tan abrumador que empecé a sentir una vulnerabilidad como nunca antes había sentido. Los estallidos de vidrios aumentaron y todas comenzaron a apanicarse y empujarse, y en determinado momento, tropecé con un grupo que me dirigió una mirada tan hostil, que el mensaje quedó tan claro para mi como para las mujeres que me acompañaban, las palabras no hacían falta: –“Saquen a ese cabrón de aquí o le vamos a partir su madre.”-. Todos entendimos el mensaje y nos salimos corriendo como chivas locas entre la multitud.

Antes del 8 de marzo, cada amigo varón que se enteraba de mi intención de participar en la marcha trataba de disuadirme: -Wey no te vayan a partir tu madre, no nos quieren ahí. ¿Para qué te arriesgas?-. Esto me lo dijeron al menos 6 hombres, todos ellos, me consta, padres, novios y hermanos consientes de maravillosas mujeres, totalmente a favor de la intención de la marcha. Eso confirmó mi decisión de participar: La mayoría de los hombres tenían miedo de formar parte de la marcha del 8M. La participación en un movimiento con el objetivo de exigir una vida sin miedo para las mujeres, no podía ser diezmada por el miedo. Sería un atentado contra el corazón mismo del movimiento. Tenía que haber hombres ahí. Somos los que más necesitan escuchar el mensaje. Somos los que más necesariamente tienen que experimentar el miedo, la vulnerabilidad y la inseguridad abrumadoras que se puede llegar a tener sólo por pertenecer a cierto género. Porque es el mundo que les hemos dado y estamos dando a las mujeres todos los días. Y no importa qué tan consiente o sensible te consideres como hombre, el experimentar esa vulnerabilidad terrible te abre los ojos un poco más, y mira que todavía nos falta quitarnos demasiada maldita ceguera. Yo experimenté unas horas de esa agobiante vulnerabilidad, y me estremeció, no puedo ni empezar a imaginar el dolor con que ellas tienen de vivir condiciones mucho más terribles todo el tiempo. Éste despreciable sistema patriarcal machista y abusador no puede seguir en pie un día más. Ningún ser humano debería ser valorado solo por su género, o su raza, o sus creencias ni procedencia. Menos aún nuestras madres, nuestras hijas y nuestras hermanas.
Las mujeres son lo más hermoso que le ha pasado a la existencia. No merecen más que nuestro más profundo amor y respeto, así como nuestra mas alta estima y admiración. Agredirlas, acosarlas, violarlas y matarlas no es sólo un atentado a lo sagrado femenino, es un una atrocidad en contra de nosotros mismos. Es un atentado a todo el universo dual y al amor que es su centro.
Ámenlas. No las maten.
Gus Arrieta. 12 de marzo de 2020.




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